El poder de la práctica del Hot yoga

Práctica de hot yoga: cómo entrenar la calma y no olvidarte de volver

El día 30 de diciembre terminábamos las clases de 2025 y tuve la suerte de poder hacer la práctica de la mañana. No como profesor, sino como alumno. Entré en la sala agitado, con prisa, poco centrado. Venía pensando en todo lo que tenía que hacer después, en decisiones pendientes, en pequeños problemas que se van acumulando sin pedir permiso.

Me tumbé en el suelo, pero la cabeza seguía fuera. El cuerpo estaba en la sala, pero la mente no había llegado todavía.

A los pocos minutos entró la profesora. Encendió las luces, empezó a sonar la música, ni muy alta ni muy baja. Comenzamos con un ejercicio de respiración y de toma de conciencia. Algo sencillo, sin nada especial. Y entonces pasó algo que me sigue pareciendo fascinante, incluso después de tantos años practicando.

Mi cerebro hizo un condicionamiento rápido. Sin esfuerzo, sin reflexión. Asoció de forma automática ese entorno, esos estímulos, esa secuencia concreta, con calma y presencia. Como si alguien hubiera pulsado un interruptor interno. Las pulsaciones empezaron a bajar. La respiración se hizo más profunda. El cuerpo entró en calor. El ruido mental se fue apagando poco a poco.

El cambio fue muy rápido y muy profundo. Pasé de estar agitado a estar presente en cuestión de minutos. Esto es algo que muchas veces no se explica bien cuando hablamos de yoga. No siempre se trata de “sentirte bien” o de “relajarte”. Hay algo mucho más potente detrás: el aprendizaje por repetición. El condicionamiento.

Cuanto más practicas, más fuerte se vuelve ese vínculo entre la práctica y tu estado interno. Igual que en los experimentos de Pavlov, donde el cerebro aprende a asociar un estímulo con una respuesta, el cuerpo aprende a reconocer la práctica como un lugar seguro. Un lugar al que volver.

No hace falta pensar. No hace falta creer. El cuerpo ya sabe. Por eso, cuando la práctica está interiorizada, empieza a funcionar incluso en días difíciles. Incluso cuando llegas cansado, disperso o con pocas ganas. No porque el día sea distinto, sino porque tú has entrenado una respuesta distinta.

Y aquí quiero parar en algo importante, sobre todo para quienes llevan tiempo practicando o incluso enseñando yoga. Los profes no somos diferentes. No vivimos en un estado permanente de calma ni de equilibrio. También nos olvidamos. También nos perdemos en pensamientos, en responsabilidades, en listas mentales interminables. También hay días en los que llegamos a la sala sin estar realmente presentes.

A veces, incluso, olvidamos por qué empezamos a practicar. Y eso no nos hace incoherentes. Nos hace humanos.

El problema no es olvidarse. El problema es dejar de volver. Dejar de practicar pensando que ya “no lo necesitas”, que ya “lo tienes integrado”, que ya “sabes suficiente”.

La práctica no es un lugar al que llegas y te quedas para siempre. Es un camino que se entrena. Y si no lo recorres, se desdibuja. Para quienes están empezando, esto es una buena noticia. No necesitas entenderlo todo desde el primer día. No necesitas hacerlo perfecto. Solo necesitas repetir. Volver. Darle al cuerpo la oportunidad de aprender. Al principio cuesta más. El ruido mental está ahí. La incomodidad aparece. Pero poco a poco algo se va asentando.

Para quienes ya practican desde hace tiempo, el mensaje es otro: no te confíes. No pienses que la práctica está garantizada para siempre. Si la abandonas, el condicionamiento se debilita. Y volver cuesta más de lo que parece.

La práctica no es solo lo que haces sobre la esterilla. Es un entrenamiento para la vida diaria. Para esos momentos en los que el estrés sube, las decisiones pesan o el cuerpo se tensa sin que te des cuenta. Cuanto más practicas, más rápido detectas esos estados. Y más fácil te resulta volver a un lugar más estable.

No porque la vida sea más fácil. Sino porque tú estás mejor entrenado para habitarla.

Durante esa práctica, sentí algo muy claro: el cuerpo respondía a todo lo que le pedía. No desde el esfuerzo, sino desde la atención. Desde el disfrute. Desde una sensación de coherencia interna difícil de explicar, pero muy fácil de reconocer cuando aparece. Eso es lo que la práctica sostiene. No una promesa abstracta, sino una experiencia concreta.

Por eso seguimos practicando. Por eso volvemos. No para ser mejores personas, ni más espirituales, ni más flexibles. Practicamos para no olvidarnos. Para recordarle al cuerpo que hay otra forma de estar. Y para que, cuando nos perdamos, sepamos exactamente cómo volver.

Porque perderse es parte del camino. Pero entrenar el regreso es una elección.

Feliz 2026